EL PROCESO DE DUELO POR FALLECIMIENTO DE LA PAREJA SENTIMENTAL

Cómo adaptarse a una vida donde el compañero/a ya no está.

Cuando nos enfrentamos a la muerte de un ser querido, concretamente de la pareja sentimental, ésta no solo se lleva a la persona amada sino que arrastra con ella el proyecto de vida común, deseos e ilusiones. Por tanto, la pérdida de la pareja también supone que se van con ella las expectativas compartidas y que los objetivos familiares se quebrantan, porque se pierde a la persona con la que se había decidido compartir la vida, una de las personas que más se quiere en el mundo, en la mayoría de los casos.

La interferencia de dicha pérdida en la vida de la persona es máxima ya que el fallecido/a tenía adjudicados una serie de roles que tras la pérdida deben ser asumidos por el/la compañero/a. En toda pareja, existe una distribución inevitable de tareas y/o funciones, tanto pragmáticas como emocionales, que con el fallecimiento también se pierden, dejando un enorme vacío que puede dificultar mucho el proceso de duelo. Esto se debe a que todo eso pasa a recaer únicamente sobre el doliente en uno de los momentos donde la persona es más frágil a nivel psicológico, convirtiendo ese momento en uno de los más exigentes en la vida de la persona.   

El duelo es un proceso que se inicia tras cualquier pérdida. Es un proceso universal e inevitable, al cual acompañan síntomas tanto cognitivos, como emocionales y comportamentales, y que tiene la función de permitirnos continuar con nuestras vidas, reubicando emocionalmente a la persona fallecida y restablecer así nuestro bienestar psicológico. Es un proceso que cada doliente vive de modo único, un modo tan único como la relación que se sostenía con la pareja que ya no está. Es una experiencia muy personal y eso hace que los tiempos que toma el duelo sean distintos de una persona a otra.  

El proceso de duelo en imprescindible para restablecer el equilibrio personal de antes de la pérdida del ser querido pero, a menudo, la persona puede presentar dificultades a la hora de expresarlo. Esto se debe en parte a la estigmatización de la muerte en nuestra sociedad; las emociones desagradables que entraña este proceso (como la tristeza o la rabia) son consideradas negativas, por lo que podemos llegar a pensar que es mejor evitarlas. Pero, en este caso, si estas emociones no se producen, no se permiten sentir y/o no se gestionan, pueden dar lugar a que la “herida” quede abierta y que el duelo no se desarrolle adaptativamente.

Debemos recordar que toda emoción tiene su finalidad, hay algún motivo que ha propiciado su aparición y es necesario gestionarla. La sociedad en la que vivimos promueve la felicidad como el estado ideal y emociones desagradables como la tristeza, el miedo o el enfado (congruentes con el proceso de duelo) tienden a considerarse molestas y, por tanto, actuamos pretendiendo que desaparezcan lo antes posible. A raíz de esto no nos sonarán extrañas expresiones como “no llores” que pueden impulsar al doliente a evitar las emociones desagradables, provocando ello el “enquistamiento” del proceso.

¿QUÉ OCURRE POR DENTRO?

El duelo pasa por una serie de fases a través de las cuales evoluciona el doliente desde el momento en que conoce la pérdida hasta que acepta la nueva situación. No todas las personas tienen por qué atravesarlas todas ni en el mismo orden pero éstas pueden servir como punto de referencia para entender que puede suceder durante el proceso. 

  1. Negación. Suele ser la primera reacción ante la pérdida, la incredulidad. Pensar que no vamos a volver a ver al ser amado produce un shock y, frecuentemente, el/la doliente puede despertar confundido/a, creyendo que todo ha sido una pesadilla. El hecho de negar la realidad tiene su utilidad, permite “amortiguar el golpe” y que el cambio de estado de ánimo no sea tan repentino. Habitualmente, no tiene una duración mayor a unos días.  
  • Ira. Poco a poco, la negación deja paso a la rabia. Aparece una fuerte sensación de enfado que se proyecta en todas las direcciones ya que no es posible encontrar una solución ni a alguien al que se pueda responsabilizar de la pérdida. Los dolientes suelen sentir mucho enfado en este momento del duelo y es normal que busquen culpables. Médicos/as y enfermeros/as que no pudieron evitar la muerte, familiares y amigos que no hicieron lo suficiente, incluso enfado con el fallecido por el “abandono”. Aunque puede dar lugar a reacciones difíciles de manejar, no deja de ser una fase transitoria que requiere la comprensión de los allegados. 
  • Negociación. Es un mecanismo de defensa del doliente ante la dolorosa realidad, a través del cual se busca una tregua temporal para negociar el regreso del ser querido fallecido a cambio de promesas de cambio de hábitos y/o pensamientos. Lo que el doliente desea es volver a la vida anterior a la pérdida y gran parte del tiempo se dedica a pensar en qué se podría haber hecho diferente para evitar la muerte. El doliente se queda anclado en el pasado, pensando en lo bonita que sería la vida si no se hubiera sufrido la pérdida, intentando así negociar una salida a la herida producida. Suele ser la etapa más corta, el último intento de encontrar alguna forma de aliviar el dolor. Es un momento muy agotador ya que la persona debe lidiar con pensamientos y fantasías que no coinciden con la realidad. Quedarse anclados en esta etapa puede llevar al doliente al remordimiento y la culpa, lo cual interfiere en el proceso de sanación.

La culpa es una gran enemiga del proceso saludable de duelo. Se puede manifestar de muchas formas: sensación de no haber aprovechado el tiempo con nuestra pareja, de no haberle dicho más a menudo cuánto la queríamos, recordar el tiempo desperdiciado en peleas… Aunque una de las peores culpas, que puede interrumpir el proceso de duelo, es la culpa de estar vivo. Sentir que volver a disfrutar o a amar es una traición al fallecido puede llevar al doliente a no superar el proceso de duelo o generar síntomas de duelo complicado.  

  • Depresión. En esta fase, conectamos con una profunda sensación de vacío ya que, desde un punto de vista emocional, se repara en la irreversibilidad de la muerte. Aparece una fuerte tristeza porque el doliente se hace consciente de que el ser querido ya no está y hay que empezar a vivir con esa ausencia. Es normal que en esta fase el doliente se aísle y se canse más.
  • Aceptación. Llegados a este punto, el doliente acepta la muerte del ser querido, aprendiendo a seguir viviendo en un mundo dónde su pareja ya no está y aceptando que ese sentimiento de superación está bien. No tiene por qué ser una etapa feliz pero, poco a poco, el doliente va recuperando la capacidad de experimentar alegría y placer.

¿QUÉ OBSTÁCULOS DEBERÉ SUPERAR?

El proceso de duelo, para la persona que se queda, supone tener que reelaborar su concepción del mundo sin la persona fallecida y aprender a ubicarse en él con la certeza de dicha ausencia. Para dicho fin, Worden describe una serie de tareas que el doliente necesita resolver para elaborar el duelo; las cuales pueden realizarse de manera espontánea o puede ser necesario acompañamiento psicológico:

  • Primera tarea: aceptar la realidad de la pérdida. La aceptación consiste en asumir lo que implica la muerte, darse cuenta de que nuestra pareja ha fallecido y de que no va a volver. Es importante destacar que no hablamos de aceptación como algo a lo que “venimos a bien”, sino aceptación entendida como que entendemos que esa es la realidad y que no va a ser posible cambiarla.

Probablemente, dejar ir a los fallecidos es una de las tareas más duras a las que nos enfrentamos. Es por ello que los ritos de despedida son tan importantes. Para algunas personas, ver el cuerpo de la persona fallecida o asistir al funeral pueden ser formas de empezar a superar esta fase y afrontar la realidad de lo sucedido. Ambas circunstancias pueden llegar a ser muy dolorosas pero son algunas de las formas que tenemos de decir adiós.

  • Segunda tarea: Elaborar las emociones y el dolor de la pérdida. El doliente necesita identificar sus emociones y expresarlas. Lo más tentador es evitar el dolor pero, para poder superar el duelo, hay que enfrentarse a él. Por ello, es importante permitir y que la persona se permita sentir y expresar sus emociones desagradables. Evitar mirar fotos o hablar del fallecido, dejar de ir a lugares significativos o refugiarse en adicciones o actividades, puede suponer un estancamiento del duelo.

Las emociones desagradables están ahí y hay que desahogarlas pero es importante recalcar el no hacerlo con los hijos, sobre todo si son pequeños o adolescentes. Ello no quiere decir que dichas emociones no se puedan comunicar ya que los miembros de la familia son una fuente importante de apoyo mutuo. Por ejemplo, los hijos pueden vernos llorar pero de forma contenida y explicada a su nivel de comprensión, pero en ningún caso convertirse en nuestro “paño de lágrimas”, ya que tienen una edad vulnerable y un duelo propio, por tanto, requerirán recibir especial apoyo del progenitor.

  • Tercera tarea: adaptarse a la vida en un mundo donde el fallecido ya no está. Esta tarea implica una reconstrucción global de la persona. Tal y como se comentaba, la persona que continúa debe adaptarse a la ausencia de los roles que llevaba a cabo el fallecido. También adaptarse a una nueva forma de entender el mundo y reconstruir una nueva imagen propia sin esa persona. Aislarse, dejar de hacer cosas que producen placer o desatender las obligaciones son aspectos que indican un bloqueo en esta tarea.
  • Cuarta tarea: recolocar emocionalmente al fallecido. Es decir, encontrarle a esa persona un lugar en nuestro mundo psicológico y emocional, reelaborar el vínculo con esa persona ahora que ya no está presente. Recolocar al fallecido no implica ni olvidar ni dejar de recordar, implica vivir el presente sin anclarse al pasado para poder ilusionarnos con el futuro.

La pérdida del compañero/a de vida es con total seguridad una de las experiencias más dolorosas a las que uno/a pueda enfrentarse. Es por ello que, tal y como afirma Barriomontero, “tenemos que pensar en el duelo como un proceso activo, por lo que pasa una persona hasta que es capaz de recolocar al fallecido/a en una vida que continua sin él/ella”.

¿QUÉ PUEDO HACER?

Llegados a este punto y, además de todo lo comentado, ¿qué es lo que puede hacer el doliente para encarar este drástico cambio?

  • Cuidarse. El sufrimiento puede afectar de forma negativa a la salud. Por ello es muy importante tratar de alimentarse bien, llevar una rutina de ejercicio, dormir lo suficiente y seguir las pautas médicas. Los hábitos poco saludables como recurrir al consumo de tóxicos pueden poner en riesgo la salud.
  • Apoyarse en los suyos. Hacer saber a las personas importantes del entorno si se desea hablar de la pareja fallecida y rodearse de aquellos que permitan expresar los sentimientos.
  • Participar en un grupo de apoyo. Hablar con personas en una situación similar puede ser de gran ayuda.
  • Intentar no realizar cambios importantes de forma inmediata. Para la toma de decisiones importantes es mejor esperar un tiempo.
  • Buscar ayuda profesional. Solicitar consejo psicológico para el acompañamiento durante el duelo.
  • Recordar que los hijos/as también están en duelo. Si es que los hubiera, a los hijos/as también les tomará su tiempo ajustarse a una vida sin su padre o madre y es posible que las relaciones cambien. Eso también forma parte del proceso de duelo.
  • Ser paciente. El duelo toma tiempo y los altibajos emocionales son comunes por un tiempo.

Si conocemos a alguien que esté pasando por este proceso, seguramente será inevitable plantearse cómo se puede actuar para ayudar a esas personas. He aquí algunos consejos para tal fin:

  • Permitir a la persona en duelo expresar sus emociones. Comentarios como “no estés triste” o “no llores”, aunque bien intencionados, no aportan nada a la persona en duelo. Llorar es una reacción congruente con la pérdida y expresar los sentimientos es necesario para la salud del doliente. No saber qué decir es normal. En ese caso, es mejor ofrecer apoyo y disposición de escucha al doliente, incluso de forma no verbal.
  • Estar presente. Para muchos dolientes el simple hecho de sentir que el otro “está ahí” es muy reconfortante ya que de esa forma se evidencia aprecio hacia el fallecido/a y actitud de disposición hacia el doliente.
  • Ante la duda, preguntar. Cada persona vive el duelo a su manera y tiene sus ritmos. Algunos necesitan hablar y estar rodeados de gente. Otros prefieren estar solos. Si no se está seguro de qué actitud tomar, lo recomendable es hablarlo con el doliente y respetar su respuesta, sea cual sea.    
  • Recordar al doliente que el duelo es normal y que sus emociones, por desagradables que sean, son normales y evidencian el amor que se ha vivido.
  • Rememorar historias o anécdotas del fallecido/a. Estoes algo que tiende a evitarse para no entristecer a la persona en duelo, pero compartir historias y recuerdos de la persona que ya no está es una forma de decirle al doliente que esa persona también vive en nuestra memoria.

Si al leer esto te has sentido identificado/a (o te ha venido alguien a la mente que pueda estar pasando por esta situación) y eso te está generando dificultades, dudas y/o tienes sentimientos con los que no sabes lidiar, no dudes en ponerte en contacto con nosotras.