La etapa de la adultez joven, también llamada adultez emergente (Arnett, 2000), suele describirse como un periodo de transición marcado por la exploración de la identidad, la búsqueda de estabilidad y el inicio de responsabilidades más significativas. Durante esta fase, es habitual experimentar una sensación de estar “en medio”, lejos ya de la adolescencia, pero sin sentirse del todo asentado en la vida adulta. Las decisiones empiezan a tener un mayor impacto, las expectativas aumentan y, con frecuencia, la velocidad del día a día supera nuestra capacidad de procesarla.
Emociones en la etapa de adultez emergente
En el plano emocional, esta etapa puede resultar especialmente intensa. Muchas personas jóvenes adultas experimentan una mezcla de entusiasmo por las nuevas oportunidades y, a la vez, incertidumbre o miedo a no responder adecuadamente a las demandas del entorno. El aumento de la independencia también puede vivirse de maneras diversas: algunos días se percibe como libertad, y otros como una carga que se asemeja a llevar una mochila llena de responsabilidades. Emociones como la culpa, la ansiedad, la comparación social, la ilusión, la incertidumbre o la alegría suelen coexistir, formando un “cóctel emocional” característico de este periodo vital.
Comprender estas emociones como señales puede ser de gran ayuda. Desde una perspectiva psicológica, la ansiedad puede reflejar la presión social, expectativas internas elevadas o la incertidumbre del futuro; la tristeza puede estar vinculada a la melancolía por la etapa que dejamos atrás; y la frustración puede surgir de la distancia entre nuestros objetivos y los resultados obtenidos. Ninguna de estas emociones es negativa en sí misma: son parte del sistema de regulación emocional y funcionan como brújulas que, cuando se escuchan con atención, facilitan el autoconocimiento.
También resulta importante recordar que no es necesario tener todas las respuestas de forma inmediata. La flexibilidad —permitirse dudar, equivocarse o ajustar el rumbo— es un componente natural del desarrollo en esta etapa. Estrategias basadas en la evidencia, como la práctica de la autocompasión (Neff, 2003), la psicoeducación emocional o la expresión abierta de lo que se está viviendo, pueden ayudar a reducir el malestar y generar mayor claridad interna. Poner nombre a las emociones, contextualizarlas y compartirlas con personas de confianza facilita la regulación emocional y previene quedar atrapados en interpretaciones críticas o rígidas.
La adultez joven no es únicamente una etapa de confusión, sino también un periodo clave de construcción psicológica. Más que avanzar sin pausa, este momento vital implica aprender a sostenerse, desarrollar recursos de afrontamiento y encontrar un equilibrio propio, aunque para ello sea necesario un proceso de ensayo y error. Comprender las particularidades emocionales de esta fase permite transitarla con mayor conciencia y aprovecharla como una oportunidad para fortalecer la identidad y el bienestar.
Referencias bibliográficas
Arnett, J. J. (2000). Emerging adulthood: A theory of development from the late teens through the twenties. American Psychologist, 55(5), 469–480. Fuente Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85–101. Fuente
Marina Lomas Servera Psicóloga General Sanitaria (en prácticas)