RELATOS DE UNA INFANCIA

– ¡Tomás! ¡Levántate ya o volverás a llegar tarde a clase! ¡No quiero tener que repetirlo!

– ¡Estoy enfermo, mamá! – gritó Tomás desde su habitación para hacerse oír.

Según había terminado de recitar esas palabras, sin ninguna fe en que funcionaran, escuchaba los sonoros pasos de su madre subiendo las escaleras. Unos pasos que auguraban el final que tanto temía Tomás.

– ¿Qué te pasa? – le preguntó su madre mientras posaba su mano sobre la frente de su hijo. -No te noto caliente.

– Me duele la barriga… -recitó él, con las pobres dotes interpretativas de las que fue capaz.

– No cuela. Ya faltaste la semana pasada, Tomás. No puedes faltar semana sí y semana también. Vístete ya y baja a desayunar.

Tomás asintió resignado e hizo caso a su madre.

Detengámonos un momento en el relato. Algunos de vosotros os estaréis preguntando, ¿por qué fingía Tomás? Otros ya conocéis la respuesta. Bien porque os sintáis identificados por haberlo vivido, o bien porque lo intuyáis. Lo más sabio que podríamos hacer es preguntárselo a él, y ofrecerle un espacio en el que pueda ser sincero.

– (Narrador): ¿Por qué fingías, Tomás?

– No quiero ir al cole…

– (Narrador): ¿Por qué?

– No me gusta.

– (Narrador): ¿Por qué no te gusta?

– Los otros niños se ríen de mí y se meten conmigo…

– (Narrador): ¿Por qué no le cuentas esto a tus padres o a algún profesor?

– No quiero.

A partir de aquí, las razones pueden ser diversas. Cada niñ@ y/o adolescente es un mundo. Y por tanto, cada uno de ellos tendrá sus motivos para no comentar con un adulto lo que están viviendo.

Algunos pueden no contarlo por vergüenza. Y esa vergüenza les frena a expresarse, por temor a dar una imagen de sí mismos de la que sus padres se puedan sentir decepcionados. En otras palabras, no ser lo que ellos creen que sus padres esperan de ellos.

Otros pueden sentir temor a las consecuencias de contarlo a un adulto. Es irónico cómo pesa más en los niñ@s/adolescentes la importancia de no ser un “chivato”, que la del propio acoso escolar. Entre sus iguales, la mayoría juzga más negativamente el contar ese bullying, que el hecho de provocarlo o verlo. Es por ello que muchos niños guardan silencio, por miedo a que sus padres o un adulto tomen cartas en el asunto y eso agrave aún más las cosas y experimenten más acoso.

¿Qué se debe hacer entonces? Como he dicho antes, cada niñ@/adolescente tendrá unas circunstancias u otras, y habría que adaptarse a cada caso. No obstante, existen una serie de pautas básicas que es importante conocer:

– Una de las pautas más importantes es ofrecerle un espacio de diálogo en el que pueda desahogarse, respetando sus tiempos, escuchándolos con calma y sin dejarse llevar por impulsos emocionales.

– Otra pauta igualmente importante es la de transmitirle que él/ella no es culpable de la situación. Muchas veces se comete el error de depositar en la persona acosad@ la responsabilidad de un cambio de la situación, y pueden percibirlo como injusto o sentirse incomprendidos.

– Es recomendable también transmitirles positividad, proporcionándoles seguridad y esperanza en la solución del problema.

– Además de todo lo anterior, es fundamental ponerse en contacto con el centro y comunicarles lo ocurrido. Lo ideal sería que los profesores monitoricen el día a día del niñ@, con el fin de observar y descubrir ellos mismos la situación del bullying.

Y cuando todo eso haya pasado, como si hubiera sido un mal sueño, ese niñ@/adolescente despertará, y se dará cuenta de que ya no es igual. Pues es el dolor y el sufrimiento lo que nos hace madurar, concediéndonos una inteligencia emocional que yo, como psicólogo, más puedo valorar. Empatizar.

Moisés Pérez Benachour

Nº col. B-03170