La ansiedad

En nuestro día a día se ha convertido en algo muy común hablar sobre ansiedad. Oímos expresiones como: “alguien padece o ha padecido ansiedad”, “estoy ansioso/a”, “paso o he pasado un periodo de ansiedad”, o “algo en concreto (volar, insectos, lugares cerrados, etc.) me generan ansiedad”…

Es una palabra ya incorporada en nuestro vocabulario, sin embargo, en muchas ocasiones no sabemos muy bien a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de ansiedad; si realmente es un problema, si solo es un síntoma, si es habitual tenerla, por qué, si tiene solución, son algunas cuestiones que cualquier persona se ha planteado o se puede plantear a lo largo de su vida.

Por eso es tan necesario aclarar todas estas dudas y poder entender qué es eso de la ansiedad, por qué pasa, saber identificarla y conocer qué podemos hacer si en algún momento la padecemos o sabemos de alguien que tiene problemas de ansiedad.

¿Qué es la ansiedad?

La ansiedad es una respuesta emocional adaptativa que se activa automáticamente si percibimos una amenaza o un peligro, activando nuestro cuerpo para huir. Por ejemplo, si un león me persigue para atacarme, el peligro que percibo es real, por tanto, mi respuesta de ansiedad es coherente, mi cuerpo se activa para huir.

Sin embargo, la ansiedad puede considerarse un problema cuando se activa de una forma exagerada y nos bloquea ante algo inofensivo o una situación que realmente no es peligrosa; es decir, se activa cuando no la necesitamos.

La percepción que tenemos de un peligro o una amenaza varía de una persona a otra, ya que está relacionada con la visión que tenemos de la realidad, con las experiencias que vivimos y con la personalidad de cada uno/a. Se da frecuentemente ante situaciones nuevas, de cambio o incertidumbre; situaciones donde puedan evaluarnos (una entrevista de trabajo, un examen, etc.), un período de estrés (una mudanza, una muerte, etc.); conflictos laborales (alto nivel de trabajo, si me despiden, etc.), familiares (tener que cuidar de un ser dependiente, problemas económicos, etc.), identitarios (no tener claro mis objetivos, dudar sobre mi futuro, etc.) o de pareja (aumento de las discusiones, infidelidad, separación, etc.), entre otros muchos.

¿Cuáles son los síntomas y de qué forma se expresan?

La ansiedad presenta una sintomatología muy diversa y variada, donde cada persona la experimenta de una forma diferente, es decir, no todas las personas tienen los mismos síntomas, sin embargo, se puede considerar ansiedad igualmente. Los síntomas más comunes son:

A nivel fisiológico y emocional: palpitaciones, tensión muscular, sudoración, hiperventilación, mareos, taquicardia, insomnio, sensación de presión en el pecho, dificultad para respirar, humor depresivo, apatía…

A nivel cognitivo: preocupación excesiva, atención centrada en el problema, falta de concentración, problemas de memoria, pensamientos rumiativos, negativos y distorsionados (si quieres más información sobre este tema, pulsa aquí); miedo a desmayarse, a estar enfermo, irritabilidad…

A nivel comportamental: inquietud motora, evitar lugares o personas, hiperactividad, hábitos nerviosos (morderse las uñas, por ejemplo), aumento de consumo de tóxicos, comer compulsivamente…

Los canales de respuesta de la ansiedad son el cognitivo, el fisiológico y el comportamental. Estos tres, están relacionados entre sí: mis pensamientos influyen en mis emociones y estas, a su vez, en mis conductas.

¿Por qué se mantiene la ansiedad?

Una persona que sufre ansiedad tiende a evitar la situación que le provoca malestar. Si nos paramos a pensarlo, evito sentirme mal en ese momento y me siento mejor, es lógico, ¿verdad?

Sin embargo, evitar, aunque pueda aliviar al momento, a la larga acaba manteniendo y agravando esa ansiedad. Por tanto, se convierte en un círculo que genera cada vez más malestar. Esto ocurre porque adquirimos un aprendizaje poco saludable de que la ansiedad se ha aliviado gracias a haber evitado la situación y, por tanto, tendemos a repetir ese comportamiento una y otra vez.

Por ejemplo, si tengo miedo a volar mi respuesta de ansiedad puede activarse: empiezo a sentir que no puedo respirar, que me duele el pecho, parece que alguien me estruja el estómago (respuesta fisiológica); ya que estoy pensando que el avión se va a caer, que no es seguro volar, que en cualquier momento va a pasar algo malo (respuesta cognitiva); así que decido no volar porque hacerlo me genera mucho malestar (respuesta comportamental).

Al no volar, pienso que esa es la solución para mi ansiedad; si no cojo un avión no me siento mal, por tanto, ya no hay problema. No obstante, nos damos cuenta que esa no es la solución al problema ya que, cuando surja de nuevo la idea o la posibilidad de coger un avión, la respuesta de ansiedad me volverá a invadir y me sentiré mal; por tanto, sí existe un problema de ansiedad.

 

¿Cómo funciona la ansiedad?

Esta gráfica explica de forma sencilla cómo funciona la ansiedad. Esta aparece en un determinado momento (tras una situación, persona, lugar, pensamiento, etc.) manifestándose a través de sus síntomas y, a medida que avanzan los minutos, va aumentado su intensidad. Por ejemplo, si voy a coger un avión, de camino al aeropuerto empiezo a sentirme mal, a pensar que coger un avión no es seguro y que me da mucho miedo; a medida que va llegando el momento de entrar en el avión y sentarme mi ansiedad va a más, me siento peor.

Se puede observar como la ansiedad alcanza un punto máximo, donde no va más allá, es su tope. Es entonces cuando empieza a decaer hasta volver al estado inicial del cual partimos. Aunque creamos que subirá y subirá acaba por decaer más pronto de lo que parecía, es decir, las sensaciones negativas, el malestar que siento, acaba desapareciendo, no dura para siempre. Por ejemplo, si finalmente cojo el avión puede ser que durante el despegue mi ansiedad alcance su nivel máximo; si me enfrento a esa situación, mi ansiedad no podrá ir a más, por tanto, solo podrá disminuir.

Para exponernos “bien” necesitamos cumplir con una serie de condiciones y también aprender una serie de herramientas. Si nos exponemos de forma correcta a eso que nos genera ansiedad, cada vez la curva tendrá una forma menos pronunciada y, por tanto, cada vez la ansiedad máxima que tengamos al exponernos será menor. Es decir, si consigo coger un avión y la curva de mi ansiedad máxima pasa, cada vez que coja un avión, mi ansiedad irá cada vez a menos por habituarme a esa situación. De este modo conseguiremos no tener una respuesta ansiosa patológica ante determinadas situaciones o estímulos. A este proceso se le llama habituación.

Si por el contrario, evitamos y no dejamos pasar la curva cada vez acumularemos más ansiedad y la próxima vez que nos expongamos a este estímulo o situación nos costará más y nos pondremos más ansiosos/as. Es decir, si llego al aeropuerto y me doy la vuelta para volver a casa o estoy ante la puerta de embarque y no subo al avión, la próxima vez que me encuentre en esa situación mi ansiedad será más elevada y me sentiré peor. A este proceso se le llama sensibilización.

 

¿Cuándo la ansiedad es un problema?

Aunque en mayor o menor medida cualquier persona puede padecer ansiedad a lo largo de su vida, son varios los trastornos que determinan una presencia más continua de esta (agorafobia, trastorno obsesivo compulsivo, fobias, etc.). Sin embargo, no es necesario ser diagnosticado/a de un trastorno de ansiedad para que esta sea un problema ya que, como hemos explicado anteriormente, cualquier situación en la vida puede ser fuente de ansiedad.

  • Debemos tener en cuenta la intensidad de esa ansiedad; por ejemplo a pesar de exponernos a situaciones que nos generen malestar, esta ansiedad siempre es muy elevada (por ejemplo, cojo aviones porque quiero viajar, sin embargo mi ansiedad es muy fuerte y lo paso muy mal durante todo el vuelo; hablo con personas que no conozco porque quiero conocer gente, pero me trabo, sudo, dudo sobre mí, etc.).
  • Debemos valorar también la frecuencia con la que aparecen los síntomas (siempre, la mayoría de las veces, a veces sí a veces no, …)
  • Así como su duración en el tiempo (por ejemplo, tras pasado un acontecimiento estresante la ansiedad permanece).
  • Y la interferencia que supone en nuestro día a día, es decir, las cosas que hacemos, dejamos de hacer o modificamos, por la presencia de esta ansiedad (por ejemplo, dejar de viajar, evitar espacios donde hay mucha gente, no hablar con personas que no conozco…).

En función de cualquiera de las situaciones mencionadas, podemos considerar la ansiedad como un problema que nos genera malestar y podemos ponerle solución. En estos casos es necesaria la ayuda de un/a psicólogo/a cualificado/a que nos enseñe técnicas para manejar mejor estas situaciones y poder reducir así nuestra ansiedad, tanto en situaciones concretas como en nuestra vida en general.

Si estás pasando un período de malestar; si hay situaciones cotidianas que te generan ansiedad actualmente y antes no lo hacían; o si hay situaciones específicas (por ejemplo volar, espacios cerrados, espacios con mucha gente, situaciones sociales, etc.) que identificas como ansiosas y no sabes cómo solucionarlo, puedes ponerte en contacto con nosotras y te ayudaremos a gestionar tu ansiedad.

 

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